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Culpabilidad, miedo y silencio histórico


VICENÇ NAVARRO ( El País, 22-7-05).

Vicenç Navarro es catedrático de Ciencias Políticas. de la Universidad Pompeu Fabra.

A raíz de un encuentro internacional que tuvo lugar recientemente en Alemania sobre la recuperación de la memoria histórica en aquel país y en España, ha habido una respuesta en amplios sectores mediáticos subrayando que la sociedad española debería perder el miedo a su pasado y hacer lo que la sociedad alemana ya hizo hace años, adoptando una visión crítica de su historia. En esta reflexión se asume frecuentemente que las situaciones en Alemania y en España han sido comparables. En ambos casos se considera que el silencio sobre su pasado se ha debido a un sentimiento de culpabilidad de la sociedad hacia lo ocurrido en sus países, señalándose que la madurez política y sensibilidad democrática exigen ahora una autocrítica sobre su pasado, una situación que ha ocurrido en Alemania, pero todavía no ha sucedido en España. Incluso algunos politólogos de bien merecido prestigio han escrito recientemente que el hecho de que comience a recuperarse la memoria histórica en nuestro país se debe al surgimiento de generaciones más jóvenes que no se sienten culpables por lo ocurrido en España. Así, la politóloga Paloma Aguilar Fernández, en un artículo publicado en el número 140 de la revista Claves titulado 'Guerra Civil, franquismo y democracia' escribe que el hecho de que "el principal impulsor de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica sea una persona nacida en la década de los años setenta demuestra que las partes más espinosas del pasado sólo han podido ser abordadas con el advenimiento de una nueva generación libre de miedo y de sentimientos de culpa". Se presenta así la culpabilidad como la causa del silencio histórico sobre lo que ocurrió en la Guerra Civil y durante la dictadura. Esta interpretación de las causas de la falta de recuperación de la memoria histórica asume, sin embargo, que la situación en Alemania y en España ha sido comparable, ignorando que en Alemania Hitler alcanzó el poder político a través de un proceso democrático, gozando de una gran popularidad, puesto que la gran mayoría del pueblo alemán apoyó aquel régimen político. El sentimiento de culpabilidad en aquel país es, por lo tanto, merecido.

No es así, en cambio, en España, donde Franco alcanzó el poder a través de un golpe militar que interrumpió un proceso democrático, instauró el terror en contra de la gran mayoría de las clases populares (y muy en especial en contra de la clase trabajadora) y tardó tres años en consolidar su poder como consecuencia de la enorme resistencia que tales clases populares ofrecieron al golpe militar apoyado con las armas por Hitler y Mussolini. El terror que la dictadura instauró fue enorme y alcanzó un nivel de crueldad con pocos equivalentes en Europa, y se establecieron no sólo campos de concentración, sino también de exterminio, todavía desconocidos en nuestro país. Es más, republicanos españoles exiliados fueron también enviados a campos nazis para su exterminio, en contra de lo que se ha escrito recientemente. A la luz de estos hechos, es comprensible que los grupos y clases dominantes vencedores en aquel conflicto (entre los cuales se incluye la Iglesia) se sintieran culpables (aunque de sus declaraciones parece deducirse lo contrario: que continúan orgullosos de ello, de lo cual podría deducirse que lo harían de nuevo si las circunstancias se repitieran). Pero no veo, sin embargo, por qué la mayoría del pueblo español, incluidos los padres y abuelos de mis buenos amigos los impulsores de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, deberían sentirse culpables. Antes al contrario, fueron luchadores por la libertad, hecho del que ellos y sus descendientes deberían sentirse orgullosos. En este aspecto la mal llamada Guerra Civil no fue una guerra entre las dos Españas o dos zonas divididas territorialmente como constantemente es presentada por historiadores que han gozado de grandes cajas de resonancia, como el recientemente fallecido Javier Tusell, que calificó al general Queipo de Llano (al que describió como "un general que en términos relativos era un liberal o un izquierdista en el seno de la dirección sublevada", Franco en la Guerra Civil, página 329) de "muy popular en la zona sublevada", ignorando que en tal zona -Andalucía- la gran mayoría de las clases populares -que eran la mayoría de la población- lo odiaban por su enorme represión y brutalidad, bien documentada por Antonio Bahamonde, jefe de propaganda del odiado general ( Un año con Queipo de Llano, 2005). No fueron dos Españas, sino unas minorías que, para asegurarse el poder, aterrorizaron a la mayoría de las clases populares que lucharon en su gran mayoría por la democracia y la libertad. Y es también el miedo lo que explica la Ley de Amnistía del año 1977, que protegió a los responsables de las enormes violaciones de los derechos humanos que ocurrieron durante la dictadura, y que el magistrado del Tribunal Supremo José María Martín Pallín definió como inconstitucional en una presentación que realizó durante las jornadas por la Universitat Progressista d'Estiu de Catalunya. Este mismo miedo también explica la moderación en la propuesta de decreto sobre los desaparecidos (personas asesinadas por el franquismo cuyo paradero se desconoce) que ha hecho el Gobierno de la Generalitat de Cataluña, que, siendo un paso adelante respecto a la situación actual, se queda muy corta en comparación con lo que la Asamblea General de las Naciones Unidas, en su resolución del 18 de diciembre del 1992, estableció. En ella exigía al Estado español (y por tanto también a la Generalitat)que se encontraran los cuerpos de los desaparecidos, se les identificara y se publicaran sus nombres en los medios públicos de información, instrucción todavía ignorada por nuestros gobiernos. Este temor a ofender a los responsables de aquellas atrocidades empobrece enormemente nuestra democracia, como bien denunciaron varios observadores extranjeros que asistieron a aquellas jornadas

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